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Un brandy de añada, algo casi impensable en Jerez, donde todo se construye por soleras. Ximénez-Spínola parte del Pedro Ximénez de la cosecha 2018 —racimos deshidratados lentamente, con un rendimiento asombroso de doscientos litros por tonelada—, lo fermenta en roble francés hasta los trece grados naturales, lo destila y lo devuelve a la barrica durante ocho meses con un battonage continuo sobre sus propias lías. Ese removido constante es la clave: en lugar de la oxidación y el color caoba de las soleras, aquí queda un oro pajizo clarísimo, limpio, sin ribetes de vejez. En nariz manda la pureza de la fruta, que evoluciona de la fruta madura a la manzana cítrica al agitar la copa. En boca es delicado, sedoso, con una vejez que se intuye más que se impone. Un brandy que desconcierta a quien cree conocer el Marco. Servir en copa amplia, sin hielo.